Asignar un plato concreto a cada noche de la semana es la versión de la planificación que casi todo el mundo prueba primero y abandona antes. Falla no por falta de disciplina, sino porque no tolera que una tarde cambie.
Planifica formatos, no recetas
Decide la semana por categorías: dos noches de pasta o arroz, dos de bandeja al horno, una de sopa, una de sobras, una de salir o pedir. Ese plan cabe en la cabeza. Luego compra para esos formatos. El plato exacto se decide a las seis, cuando ya sabes cómo ha ido el día.
Mete la noche de sobras a propósito
Toda semana genera restos. Si no hay una noche destinada a comérselos, se quedan ahí hasta que se tiran. El jueves o el viernes funcionan mejor: ya se ha acumulado bastante para una comida y a esas alturas nadie quiere cocinar en serio.
Compra para cinco noches, no para siete
Comprar para todas las noches garantiza desperdicio, porque en una semana siempre hay una comida fuera imprevista, una noche tarde o un día en que alguien no tiene hambre. Ingredientes frescos para cinco cenas más una despensa surtida cubren siete noches. La despensa absorbe las sorpresas.
Cocina una vez, come dos, adrede
Dobla la cantidad de cualquier cosa que se recaliente —un guiso, una salsa, verduras asadas, arroz— y la segunda noche te cuesta diez minutos en vez de cuarenta. No es lo mismo que comer dos veces el mismo plato. Las verduras asadas de ayer son la sopa, el relleno de la tortilla o el bol de cereales de hoy.
Planifica la forma de la semana, deja el plato para la tarde, compra para cinco noches y cocina el doble dos veces. Ese plan sobrevive a un miércoles que se tuerce.
