La mayor parte del desperdicio se decide en la tienda, no en la cocina. La gente compra para la semana que pretende tener — la que tiene tiempo, ambición y cuatro verduras al día — y luego vive la semana que realmente tiene. La diferencia entre esas dos semanas acaba en la basura el domingo.
Compra para la semana que vas a tener de verdad
Cuenta las noches con honestidad. Si dos acaban tarde y en una cocina otra persona, son cuatro cenas que comprar, no siete. Nadie se ha arrepentido nunca de comprar poca comida fresca: la tienda sigue ahí el jueves. Compra fresco para la primera mitad de la semana y apóyate en el congelador y el armario para la segunda. Las espinacas compradas el lunes para el viernes son espinacas compradas para el cubo.
Compra en el orden en que las cosas se estropean
Coloca lo perecedero en los primeros días: pescado, hojas de ensalada, hierbas tiernas, frutos rojos, setas frescas. La mitad de la semana es para lo resistente: raíces, col, zanahorias, cítricos. El final es para congelado, lata y seco. Ese orden hace más contra el desperdicio que cualquier truco de conservación, porque ajusta la compra al reloj que la comida ya lleva puesto.
No compres un ingrediente para una sola receta
Un tarro o un manojo comprado para un único plato es lo que con más probabilidad se tirará seis meses después. Antes de meterlo en la cesta, piensa un segundo uso. Si no lo encuentras, compra el tamaño más pequeño o déjalo. La excepción son los saborizantes de despensa a los que de verdad vas a recurrir: mostaza, soja, una pasta de guindilla, un vinagre decente. Esos se amortizan a lo largo de decenas de comidas.
Ten una lista permanente corta
Diez o doce cosas que vivan siempre en casa hacen posible improvisar: huevos, cebollas, ajo, tomate de lata, legumbres de bote, arroz o pasta, caldo, aceite, vinagre, mostaza, un queso curado, guisantes congelados. Con eso, casi cualquier cosa fresca que traigas se convierte en una comida. Sin eso, una nevera llena de ingredientes sigue sin ser una cena.
Mira antes de salir, no al volver
Dos minutos con la nevera abierta antes de ir a comprar evitan el tercer bote de mostaza y enseñan qué hay que gastar esta semana. Hazle una foto a los estantes si te resulta más fácil que una lista. Y compra después de comer, no antes. Es el consejo más viejo que existe porque es cierto: el hambre compra comida para una persona que ya no existe cuando toca cocinarla.
Compra para la semana que vas a tener, en el orden en que las cosas se estropean y con una lista permanente corta detrás. La nevera acaba más vacía y la comida acaba comida, que es la única medida que cuenta.
