Casi toda cocina tiene una lata de alubias o garbanzos al fondo de un armario, comprada sin plan y guardada por buenas intenciones difusas. Es lo más útil que hay ahí. Una lata escurrida es proteína, volumen y textura sin remojo, sin previsión y en unos ocho minutos.
Cinco cenas, más o menos por esfuerzo
Crujientes. Escurre, seca con un paño y fríe en sartén caliente con aceite hasta que la piel se abra y se ampolle. Sal y la especia que tengas abierta. Con yogur y pan, o esparcidas sobre cualquier cosa. Guisadas. Cebolla, ajo, una lata de tomate, las legumbres, veinte minutos. Añade verdura de hoja al final si hay alguna que gastar. Machacadas. Calienta con aceite, ajo y limón, aplasta con un tenedor y ya tienes base para una tostada, un huevo o una verdura asada. En sopa. Tritura media lata con caldo para dar cuerpo, deja la otra media entera y salpimenta con decisión. En ensalada. Frías, con cebolla cruda, aceite, vinagre y cualquier hierba o conserva de pescado que haya en casa.
No tires el líquido sin pensarlo
El líquido espeso de una lata de garbanzos monta como clara de huevo y merece la pena si horneas. En cualquier otra lata, ese líquido es un caldo ligero y sazonado: unas cucharadas aligeran un puré o espesan un guiso mucho mejor que el agua. Si la receta quiere las legumbres sueltas y limpias, enjuaga. Si las quiere cremosas y trabadas, no.
El bote gana un martes
Las legumbres secas salen más baratas y quedan mejor, y piden una noche de remojo y una hora de cocción que decidiste ayer. Las de bote están listas ahora, que entre semana es la única propiedad que importa. Ten las dos cosas si quieres. Cuece las secas el fin de semana, congélalas en raciones y tendrás botes hechos por ti.
Qué convierte las legumbres en comida
Solas resultan planas. Necesitan un ácido, una grasa y algo punzante: limón o vinagre, aceite o mantequilla, y algo con aristas — cebolla cruda, guindilla, un queso curado, un encurtido. Con esos tres, casi cualquier lata se vuelve cena. Sin ellos, sigue siendo una lata.
Ten tres latas en el armario y nunca estarás a más de diez minutos de una comida de verdad. Crujientes, guisadas, machacadas, en sopa o en ensalada: la lata decide muy poco y tú decides el resto.
